Viajar II

Esto iba a ser un comentario, pero creo que mejor lo pongo como otra entrada. Viajar se había convertido en una parte integral de mi vida. Atreverme a ir de un lugar a otro, muchas veces sola, me enseñó muchas cosas sobre mí, que soy más valiente de lo que yo creía y también que estoy más sola de lo que yo creía. En fin, a todo se acostumbra uno.

Cuando me vine a Inglaterra, más que la esperanza de lo que iba a encontrar, me trajo la esperanza de poder alejarme de muchas cosas. Si bien es cierto que cuando vine acá tenía miedo, el miedo estaba cargado de optimismo. Ahora tengo miedo también, pero además estoy muy enojada y muy triste, porque sé que no es posible el optimismo.

Pero una parte chiquita de mí nunca deja de sentir curiosidad por lo que va a pasar. Quizá venga algo bueno de todo esto… entre el bosque de lágrimas.

Por lo pronto, at the back of my mind, it is with great joy que me doy cuenta de que aún I’m prone to anger. I’ve sweetened up, but still I need it sometimes.

Creo que viajar y hogar no se contradicen. Al menos en mi caso, me parece que se complementan. Después de viajar, regresar al hogar representa recuperar energías y poner todas esas imágenes, sonidos, olores y sabores un poco en orden, armar un collage para pegar en la pared (la física y la de la “habitación ontológica”) y escribir los poemas que capturan, como frasquitos con perfume, todo lo vivido.

Pero viajar es un poco una adicción. Después de un tiempo, un nuevo aire se vuelve necesario, revivir esos sueños que nacieron con la lectura de un libro, al ver una fotografía, o al escuchar a alguien relatar sus experiencias. La existencia de algunos lugares llega hasta nosotros envuelta en un aire de leyenda, y el viajar se convierte en el descubrimiento de algo nuevo que a la vez, sin saberlo, ya vivía en nosotros.

Hacer y deshacer las maletas… todo depende de si se trata de un comienzo o de un final… de si se empaca en ellas la alegría y la esperanza o la tristeza, de si al cerrarlas se cierra con ellas una parte de la vida. ¿Cómo meto dos años en unas maletas? ¿Qué me queda después?

Y traté de separar los libros que no me dolería dejar… mi vida es un drama. Vivo un poco entre la risa y el llanto… pero no estoy loca, o al menos no mucho.

He vuelto a escribir para recordar, para salvar muchas cosas del olvido y para salvarme a mí misma. Trato de que, en unos años al releerme, la que soy ahora me cuente cómo eran las cosas, pero mas que nada, como las sentía y cómo las vivía. Durante mi tiempo aquí no escribí mucho, siento que no escribí lo suficiente. Pero siento que la forma en la que escribo ha cambiado. I am much more articulate, mis ideas están mejor ordenadas… y ahora escribo en Spanglish.

Viajar

Buscando entre mis escritos me encontré con esto que escribí cuando estaba a punto de venir a Inglaterra. Me parece que, estando a menos de un mes de partir, las palabras tienen una nueva resonancia, y aquí las vierto.

No bastan las palabras para expresar la importancia del preámbulo para disfrutar del sabor de un viaje.

Los pasos perdidos en calles desconocidas, donde se tiene únicamente lo que se lleva puesto en el momento preciso del paseo, no tendrían el mismo valor si no fuera por lo que se espera de antemano de ellos.

El viaje empieza mucho antes de realizarlo: en los preparativos, en los motivos que nos atraen hacia algún sitio o que nos hacen huir de un lugar.

El viaje es movimiento que empieza con un impulso. A veces se busca, se desea; pero otras nos llega, se nos acerca, nos arrastra sin que podamos evitar su fuerza.

Pero siempre causa anticipación, una anticipación nacida de la incertidumbre, a veces del miedo, otras de la alegría por el descubrimiento de lo nuevo, de lo mágico; de lo cotidiano que para nosotros es desconocido y que a nuestros ojos se muestra reluciente.

Lo leo otra vez y hay cosas que entiendo y comparto, otras que no entiendo y otras en las que estoy en completo desacuerdo.
No quiero empezar a saborear este viaje, porque no quiero predisponerme. No quiero decirme a mí misma: “Sé que no me va a gustar”:

Parc Güell

Millones de colores

como lentejuelas en un paño.

Formas, dureza,

la naturaleza hecha piedra,

el desierto y el sol.

Debajo de una ola de piedra

recorro el pasado y éste me alcanza.

Sólo soy una mas de las vidas que han pasado por aquí.

¿Dónde está mi vida?

No está en las rocas, ni en el espectro multicolor de tus collares,

Barcelona;

ni en el puerto que desde aquí se ve tan distante.

Ni en el mar gris,

tan gris como una plancha de acero

que se extiende hasta el horizonte.

No está aquí en esta banca blanca, larguísima

donde contemplo mi soledad;

donde mi soledad se sienta a mi lado

y me susurra al oído,

y con su dedo frío recorre mi espalda.

Ahora sé, sobre todas las cosas,

que la búsqueda errada no lleva al final del camino.

Hay que retroceder y volver a empezar.

Pero las marcas que llevo me señalan

como peregrina de un camino accidentado.

Y por mis marcas me conocerán.