Mi oscuro pasado, jajaja

Ayer estaba platicando con Ireri en el messenger acerca de mi clase de japonés (la cual, debo confesar, está en chino), y le dije que para evitar que el maestro me odie mas de lo necesario y deje de verme con cara de “no puede ser que no entiendas nada”, me pongo a hacer los ejercicios del libro antes de entrar a clases para ya medio saber de qué carambas está hablando.

Entonces Ireri me respondió algo así como: “Pues claro, si no no serías la Paty que yo conozco”. Le pregunté a qué se refería con esto y fue entonces cuando me enteré de que desde que me conoce siempre ha creído que soy de la especie estudiosa. ¡Casi me da un infarto!

Le expliqué que nunca he estudiado para las clases, y que de hecho siempre he hecho la menor cantidad posible de tarea y trabajos, y me preguntó sorprendida que cómo le hacía entonces para que los maestros me amaran. Y la respuesta es que no sé. Creo que he sido una mezcla de varias cosas. Nunca he necesitado estudiar porque con asistir a las clases me basta. Pero cabe la aclaración de que aun en clases me cuesta bastante trabajo poner atención. Recuerdo que en alguna ocasión me diagnosticaron hiperactividad. En la escuela siempre estaba escribiendo poemas o cartas mientras los maestros hablaban, pero siempre que me preguntaban tenía la respuesta. Por eso si se daban cuenta de lo que estaba haciendo o no, parecía no preocuparles mucho. Claro que siempre a fin de año me mandaban a dar la vuelta al patio o me ponían a hacer algo para que no distrajera a las demás, que si iban a presentar exámenes finales.

Claro está que Ireri no me creyó. Sólo le dije que no tendría por qué mentirle. La verdad es esa. Supongo que también es un poco la habilidad de fingir que uno sabe de lo que está hablando aunque no sea así o sólo sea así parcialmente. Mi ejemplo más claro siempre es y será mi clase de ruso. Natalia siempre, SIEMPRE, creyó que yo lo sabía todo. Y nunca supe por qué, porque lo cierto es que los primeros tres o cuatro meses de ruso si le echaba ganas y si medio estudiaba, pero después entré a trabajar al Anglo y con dos trabajos y la facultad, ya no me quedaba ni tiempo ni energía para el ruso. Pero desde entonces Natalia siempre creyó que yo sabía, lo cual por un lado era bueno porque no me preguntaba tanto.

Por un lado está esa extraña habilidad que poseo, y por el otro lado hay muchisisisisisisisíma suerte. Recuerdo un día, también en la clase de ruso, cuando estábamos en tercer nivel. Nuestra profesora, Victoria, se había roto un tobillo, creo, y la que nos daba clases era Svetlana, que era muuuuuuuuuuuy estricta y no particularmente paciente. Cada vez que ella me preguntaba algo no se si por inspiración divina, pero siempre le atinaba a la respuesta correcta, a veces sin ni siquiera saber qué estaba diciendo. Pero una vez de esas si fue memorable. Recuerdo que llegué tarde a la clase y habíamos estado estudiando los verbos de movimiento. Resulta que los rusos, cual instrumentos de tortura, inventaron que el verbo IR no era suficiente para expresar la idea de “ir”, y se les ocurrió una multitud de verbos: hay uno para IR en tren, para IR en barco, para IR en avión, para IR a pie. Ya sé, ya sé, en español también tenemos navegar o volar, por ejemplo. Pero lo que no tenemos son verbos perfectivos e imperfectivos y los prefijos que acompañan a los dichosos verbos, porque no es lo mismo ir pero no entrar, o irse derechito o ir haciendo paradas o haber ido sin que el que habla sepa si hemos llegado o no, etc. Y todo eso lo expresan las mugrosas preposiciones que van como prefijos de los verbos. Retomo mi relato. Llegué tarde y Svetlana me hizo una pregunta: todo lo que hice aquel día desde mi casa hasta el CELE (por supuesto, utilizando los cochinos verbos esos). Primero creo que vi toda mi vida pasar ante mis ojos, pero luego me armé de valor y empecé a hablar. No sé ni que dije pero sólo recuerdo la cara maravillada de Svetlana porque no se cómo le atiné a todos y cada uno de los verbos y prefijos… y desde entonces me amó. Nunca lo olvidaré, porque recuerdo que hasta pensé que, donde me hiciera repetir lo que acababa de decir, no hubiera podido.

Y así ha sido mi vida, una mezcla de mucha suerte y de saber cómo usarla.

Para eso hace falta ser inteligente… MUY inteligente.

Y poco modesta.