Ya regresé a México. Contrario a lo esperado, no lloré como Magdalena, mi propia hermana no podía creer que hubiera llorado tan poco. Si lloré, pero una parte de mí decía, “¿por qué lloras? Esto se tenía que terminar algún día. Y tú, con tus decisiones, contribuiste a que ese capítulo se cerrara totalmente”. Lo que me dio más tristeza fue dejar mi libertad, a la Patricia que construí allá y que acá no puede existir, y dejar a mis amigos. Esto último sí lo sentí como una ironía de la vida. Me pasé muchos meses sola sin tener un kindred spirit con quien poder platicar o reírme o hablar de sueños y proyectos y de los reveses de la vida. Y un loco día, en que debatía entre inscribirme a clases de flauta o clases de japonés (y me decidí por las últimas), tomé una decisión que significó para mí una última oportunidad de valorar de distinta manera lo que había estado viviendo en Inglaterra.
Londres es bellísimo, pero no es lo mismo la belleza de la piedra que la belleza del calor humano. En muy poco tiempo pude hacer amigos sinceros, que pudieron apreciar las cosas que traigo dentro y que soy. Amigos que me van a extrañar a pesar del escaso contacto y a los que extrañaré porque me enseñaron muchas cosas. No me entristece, después de todo, estar lejos de ellos. Porque no los he perdido y sé que los volveré a ver. Porque no los he perdido, y mil veces prefiero el dolor de una separación que no haberlos conocido nunca.
Releo esto último y no, no soy masoquista… pero al crecer he ido aprendiendo sobre la función que tiene el dolor en la vida. Y sé que la ausencia de dolor significa vacío. Y de entre las lágrimas siempre nace una sonrisa.
Ya regresé a México. Y decidí no irme a España en octubre. Decidí quedarme y ponerme a trabajar muy duro en darle a mi futuro un giro distinto. No quiero volver al nido donde estaba, ese es el peligro, pero he decidido tomar el riesgo. Algo me dice que tomé la decisión correcta, y sí tengo miedo, pero también he aprendido a ser fuerte.
Sólo espero que todo salga bien. Lo merezco.